domingo, 6 de noviembre de 2011

En lo más profundo del bosque

Me adentré, no por nadie, sino por mí.

Descubrir que se hallaba dentro era mi meta.
Profunda y tenebrosa oscuridad había, aunque no me importaba. No había caminos. Los árboles cubrían las estrellas para poder guiarse. Intuición era lo único que guiaba mis pasos. Más adentro, más oscuro, más perdido. No había vuelta atrás pues tampoco se sabía cómo volver.

Un hombre, una especie de sombra más bien, vi. Llame y llame a aquel hombrecito en la lejanía, pero no se daba la vuelta, no habla. Durante un rato los dos inmóviles, uno en cada esquina como dos farolas apagadas en la calle. De repente se giro y me miro, realmente no sé si expreso algo pero sabía que me estaba mirando. No tenía miedo sino curiosidad. ¿Quién era? ¿Por qué estaba allí?
Me lance a dar un paso más cerca hacia él, él también lo hacía. Yo aceleraba el paso y él también. Estábamos a punto de llegar al punto central y cayó en mí el pensamiento de por qué había entrado: “Para descubrir que se hallaba dentro, descubrir la verdad del bosque”. Pero ya no me importaba, la incógnita era el personaje sombrío e inexpresivo. Cuando quise darme cuenta estaba en el suelo, me había golpeado con algo. Con él o lo que era lo mismo, conmigo. Un espejo.
Había llegado al centro del bosque, a lo más profundo. Y allí un espejo. Un reflejo de realidad. Un personaje que creía estar huyendo de una serie de catastróficas desdichas y en realidad él había creado ese bosque. Lleno de malezas, hojas secas negras y ruidos extraños. Donde perderse es la orden del día.
Curioso, pues al ser lo más oscuro del bosque, lo más profundo del ser mismo y no haber ni un punto de luz se pueda crear un reflejo. Pero he ahí la controversia de la realidad.

En el punto más oscuro de nosotros es donde hallamos la luz.